La escritura musical, la política y la "opera filológica"

Escribe:
Enrique Gibert Mella



Se dice que la democracia es la menos mala de las formas de gobierno, y esto no atiende atenuantes, para nada significa que sea buena sino que las otras son peores; con la escritura musical podría ocurrir algo equivalente. En realidad muchísimos temas podrían asociarse y parangonarse y concomitarse, solo dependería de la paciencia del lector o de la impertinencia del escritor.

En este caso me atrevo a promover semejante equivalencia pensando que la escritura musical, si no es la menos mala de las formas de registro es porque no hay otra, es la única, lo que ya supone un resultado modesto en el intento por registrar la música.

Quizás también, sin un esfuerzo desmesurado de la imaginación, podríamos considerar que la notación musical constituye un terreno apto para librar luchas de poder. Se trata de signos, el signo es equivalente al poder, su función es representarlo de modo que quien mas signos acumule, quien mejor los entienda, revea sus sentidos, descubra sus errores iluminándonos al esclarecerlos y hasta quien invente nuevos, aumentará su cuota de poder.

En la maquinaria polìtica los signos contituyen el engranaje que permite su funcionamiento, si no son la polìtica misma.

Quien nos convenza de que su lectura de los signos es la acertada detentará el poder.

La pugna por el poder y la aucumulación de riqueza encuentra solo molestos obstáculos en lo que no se puede clasificar o definir y por ende controlar plenamente.

Ya que mi campo de acción es la ópera, tranquilizaré a quienes me conocen remitiéndome a un aspecto relacionado a ella.

Suele entenderse por "opera filológica" a la corriente que propone reémplazar el acto natural y casi libre de escuchar y cantar por un complejísimo trabajo, digno de descifradores de jeroglíficos, dirigido a penetrar en lo recóndito de la intención del compositor, pero atención, en lo que éste tiene de "escritor" o "registrador" de música.

En el esplendoroso "ottocento", por lo menos en la primera mitad, los compositores no escribían demasiados matices para los cantantes y sí lo hacían para los instrumentos, esto es plenamente justificado y lògico hasta el hartazgo, ya que en la escritura, el canto suena o "resulta" casi sin variante alguna como el compositor lo imaginó, lo "cantó" en su cabeza o lo "marcó" sintiéndolo en la garganta (suele decirse que los legendarios dolores de garganta de Verdi cuando componía podían deberse a este esfuerzo de ir cantando "para adentro") en cambio en los instrumentos, asi fuera el acompañamiento más simple, se puede ejecutar de decenas de formas distintas.

En algún momento algún copista con especial afán de protagonismo o quizá presintiendo la era de la "opera filológica" se le ocurrió incluir los matices de la orquesta en el canto, esto hace que hoy al analizar o intentar interpretar, nos quedemos muchas veces preguntándonos qué efecto expresivo o qué sentido musical o vocal pudo haber imaginado Verdi, Bellini o Donizzetti en tal o cual frase a juzgar por las extravagantes indicaciones de matiz que aparecen impresas, sobre todo cuando recurrimos a grabaciones realizadas por incuestionables maestros y cantantes con la mayor gloria para comprobar que en ningún caso aparecen estos matices "raros".

La "mùsica filológica" pretende sin embajes, reemplazar la intenciòn afectiva del mùsico por la instalación de còdigos intelectuales, la categorización de virtudes tècnico-mecànicas, la posesión de información, todo muy oportuno en un momento donde el concepto de "cultura humanística" parece ser reemplazado por el de "cultura tecnológica y económica", y surgen otros como "industrias culturales", "productos musicales" , todos orientados a promover la conversión del arte, o lo que queda de él, en una disciplina más para incrementar las ventas.

En este entusiata frenesí, con tufillo perversón, se llega a vender música cuya virtud consiste en la tecnología que la contiene "no importa lo que se oye sino cómo se oye" (CD, MP3, DVD etc)

En este proyecto las jerarquias y el orden son fundamentales para acumular y regular el poder, la "musica filológica" contribuye a establecerlas, el editor o dueño del material es un poco "mas dueño", el director musical es el único exégeta autorizado, el que vende las grabaciones pretende poseer los valores escenciales de la pieza y la normativa estilística; el crítico supone entender la pieza a partir de un manejo profesional de la información y desorienta quienes solo escuchan asegurándose de que no podrán cuestionarlo cuando "aconseje sobre el consumo".

Me parece significativo el fenómeno italiano de los ochenta y los noventa

Un pueblo tradicionalmente asociado al desborde "appassionato" sucumbe a la fascinación del modelo dictado por mentes mas frías y consagra en su templo máximo, La Scala de Milan al supremo sacerdote de la opera filológica, Mutti. Aunque Mutti terminó expulsado por la masa enardecida no está finalizada la batalla, puede volver o ser reemplazado por otro peor.

No estoy seguro de que toda esta complicación valga la pena, quizá tengan razón las políticas educacionales "antielitistas" de estos tiempos que promueven el taller de murga, y la especial atención a la reivindicación del corso y las fiestas carnestolendas como valores indispensables de la cultura nacional o quizá estén relacionadas y todo conlleve, converja, en una misma finalidad que alegre a alguna elite.