Jorge Binaghi
Cyrano de Bergerac,libreto de H. Cain y música de Franco Alfano. Intépretes: Roberto Alagna/Eric Bartelloni (Cyrano), Nathalie Manfrino (Roxana), Richard Troxell (Christian), Philippe George (De Guiche), Pierre-Yves Pruvot (Ragueneau), Jean-Luc Ballestra (Carbon/de Valvert) y otros. Dirección escénica y decorados: David y Frédérico Alagna. Vestuario: Christian Gasc. Luces: Aldo Solbiani. Coro y coros suplementarios (Noëlle Geny) y Orquesta Nacional de Montpellier. Director: Marco Guidarini. Montpellier, Opéra. Le Corum, 19 de marzo.
Foto Marc Ginot

Superados
diversos obstáculos -ninguno por culpa personal- para llegar a ver una
ópera rara que está volviendo (y dejará de hacerlo seguramente
si no encuentra un relevo) gracias a Domingo y Alagna (que ya ha hecho un DVD,
cuando la huelga en estos mismos sitios hace tres veranos impidió su materialización
escénica), uno se encuentra la moderna sala desbordante(la de la Opera
es más pequeña y, correctamente, se ha juzgado insuficiente para
el público que desea asistir a las tres representaciones) y en clima de
grandes ocasiones (se oyen diversas lenguas). y de Europa).La primera de las representaciones
parece haber sido magnífica, lo mismo que el ensayo general. Pero lo 'imprevisto'
sucede. Como Domingo en el Met, Alagna está afectado por una traqueítis,
pero desea cantar lo mismo. Se entiende, porque en cuanto se lo ve, se comprende
que ha estudiado el papel y le gusta. Tiene unos agudos espléndidos en
la primera intervención solística (la presencia en escena y la tesitura
son agobiantes para el tenor, que tiene que ser además muy grande para
insuflar vida a los pasajes que no lo tienen, que son varios, y se agravan cuando
no está él en primer plano). Pero el resto de la voz suena como
cuando hay una afección de ese tipo. Tiene que detenerse, beber agua, disculparse
y contesar con un gesto de fastidio y desafío al exabrupto de un espectador.
Reemprende la balada, termina el primer cuadro y , para mi alivio en cierto modo
(cantar un papel como este sin estar en condiciones es jugarse la salud vocal),
no continúa y es sustitudio por un tenor de Niza, Eric Bartelloni: el cantante
conoce bien texto y música y la tarea de Guidarini no parece demasiado
más complicada que lo que ya es evitar desbordes sonoros y equilibrar escenario
con la fosa orquestas. El maestro lo consigue con creces, además de hacer
que la excelente orquesta sirva del mejor modo a una partitura que, en el mejor
de los pasos, es discontinua y suena, aunque no lo sea en minutaje, demasiado
larga, a rastras de la inmensa obra original, a la que nunca iguala; cuando está
más cerca, como en la escena final, la emoción gana la sala (por
fortuna es el mejor momento de Bartelloni, de voz nasal y poco brillante, con
tendencia comprensible a forzar al máximo los agudos -que resultan rígidos
y más de una vez blancos). La puesta de los hermanos de Alagna, que se
puede ver en el DVD mencionado, recibió grandes aplausos incluso a escena
abierta (el cuadro vivo inicial, el primer caballo que aparece). Personalmente
no encuentro ni concepto, ni dirección de actores, ni nada que haya que
recordar; parece más vieja que si hubieran repuesto la del día del
estreno. Y como creo que a estas alturas no se ignora, no soy precisamente un
fanático de las puestas modernas. Pero habrá que encontrar un punto
intermedio, o al menos, guste más o menos un tipo de puestas u otra, algo
que haga hablar al texto y la música y no gestos ampulosos y convencionales
que en este caso ayudan aún menos a la obra. David Alagna prefiere, en
una nota, emprenderla con Toscanini, probable autor de la 'desgracia' de Alfano
como escritor de ópera: está en su derecho, aunque Toscanini seguirá
siendo Toscanini, y Alfano, un poco mejor o peor, lo que es: un rostro olvidado
menos injustamente que el desprecio parcial o total de la obra de otros de su
generación, con quienes no sólo un maestro -si es cierto- se ha
portado 'mal'. Y Alagna seguirá siendo sinónimo del tenor).
Lo
mejor fue , en lo vocal y escénico, la magnífica 'Roxana' de Manfrino,
que demuestra progresos con respecto al DVD y exhibe una voz importante de soprano
lírica, con excelentes agudos y un buen centro y mucha intensidad escénica,
aunque el timbre no sea maravilloso (como dato, sin que esto sea ningún
mérito ni menoscabo añadido, es la cuñada de Alagna; me pregunto
si de haber habido dos roles importantes el otro hubiera sido el de su famosa
esposa). El segundo tenor, el afortunado y desdichado 'Christian' que se ve obligado
a pedir prestada la voz y la pluma del deforme Cyrano, que es el que ama en serio,
no en la superficie y es amado desde el fondo por quien confunde una cosa con
la otra, fue Richard Troxell: guarda la apostura privilegiada de su 'Pinkerton'
cinematográfico; la voz, ahora más ingrata y oscura, está
muy bien utilizada y es segura (él también tiene su ración
de notas temibles). 'De Guiche'es un rol tan odioso como tedioso, y George lo
interpreta bien pero con voz poco interesante y apagada. Mejor, en la misma tesitura
baritonal, el 'Ragueneau' de Pruvot. Y, aparte del resto del reparto, nunca menos
que adecuado, hay que mencionar muy especialmente al joven Ballestra, que parece
tenerlo todo para hacer una gran carrera, desde la gallardía y soltura
escénicas hasta una voz bien timbrada y emitida. No sé si tendré
la oportunidad de volver a ver esta ópera en mi vida, pero si la hay, espero
que las condiciones sean más favorables (y, por las dudas, no gastaré
tiempo y dinero en ir a Londres en mayo, cuando Domingo vuelva a intentarlo).