EL ROSSINI COMICO FRANCES
Le Comte Ory
Escribe Jorge Binaghi

Bolonia, Teatro Comunale, 18 de abril de 2004. Le Comte Ory, música de G.Rossini -Dirección de orquesta: Jesús López Cobos. Dirección escénica, escenografía y vestuario: Lluís Pasqual. Intérpretes: Juan Diego Florez, Lorenzo Regazzo, Giacinta Nicotra, Bruno De Simone, Stefania Bonfadelli, Annarita Gemmabella y otros. Coro y Orquesta del Teatro (maestro de coro: Marcel Seminara).
No se crean ustedes: pese (o gracias) a Berlusconi, Italia sigue siendo Italia. No supe si veía la ópera hasta llegar allí: la primera se había hecho en selección con piano, y no sé qué pasó luego, aunque al parecer la situación se ha normalizado. Lo cortés no quita lo valiente: la diferencia con la Argentina, por ejemplo, es que el espectáculo no sufrió, no se usó la huelga como excusa de cancelaciones o niveles artísticos poco aceptables o edificantes, y que el primer día, con los nervios de punta, en que se pudo ver la obra en su totalidad (este que comento), todo funcionó como un reloj, sin que se escucharan ruidos en el escenario o en la sala, sin que el regisseur (que delegó en Marco Carniti la reproducción del espectáculo de Pesaro del pasado agosto) tuviera que buscar responsables y sin que nadie se pusiera a defender "patrióticamente" a los irresponsables de turno (¿La patria de la música cuál es? ¿En este caso, sería Francia, Italia? El genio de Rossini, como, pongamos, el de Mozart, pertenecen a la humanidad toda a la que tanto han dado y que les debe -toda, en cualquier parte- respeto y seriedad). Después, pueden venir los reparos, que todo es perfectible y todo es humano (justamente; pero para que lo sea hay que trabajar mucho, con sentido y profesionalidad y sabiendo los límites de cada uno). Así, López Cobos es buen conocedor de Rossini y buen concertador; pero no me parece un grande. No aquí, donde le faltó imaginación y humor a su excelente orquesta y le sobró majestuosidad (y a veces intensidad). El coro estuvo memorable, también como intérprete, pero debo decir que la puesta de Pasqual -un hombre de teatro que he admirado en otras ocasiones, en prosa y en ópera (un gran Falstaff en Barcelona, por ejemplo)- sólo tiene momentos aislados buenos después de una primera idea afortunada: nobles modernos que se aburren deciden representar la ópera. La cosa funciona durante media hora; después decae y nada, si no es la inventiva de alguno de los artistas, llega a la hilarante puesta anterior de Pizzi. Stefania Bonfadelli es una cantante muy interesante y buena artista, aunque tal vez al desarrollo de su voz (un centro consistente) no le resulte exactamente ideal el rol de la condesa: perfecta en las coloraturas y todos los adornos imaginables del gran pesarés, el agudo pleno parecía metálico y a veces brusco. Giacinta Nicotra tiene un físico y un tipo de voz ideales para Isolier, pero su agudo es algo áspero (aunque no llega a molestar). Lorenzo Regazzo, un maestro de estilo y técnica, no estuvo en su mejor día y aunque cantó con gusto y brío, su gran aria lo puso un poco a prueba en la administración del timbre y en ciertos momentos forzados del agudo. Bruno De Simone no estuvo tan cómico como otras veces y su voz es algo clara para Raimbaud, pero cantó la gran aria de los vinos (la de Don Profondo en el Viaggio a Reims por el que siempre seremos deudores al gran Claudio Abbado) de modo impecable. Annarita Gemmabella demostró en el ingrato rol de Ragonda que para un cantante con voz y con ganas (es una artista joven de la que se puede esperar mucho, y tendrá ocasión de demostrarlo pronto en la Fenice cuando cante el Calbo del Maometto secondo precisamente). ¿Qué hace de una buena versión con algunos reparos y una excelente protagonista algo único? La presencia de un gran cantante en el rol titular.
Florez
y Bonfadelli
El apabullante Juan Diego Florez, a quien ya había oído en Génova
en este, uno de sus caballos de batalla (aunque me pregunto si hay algo que
haga mal o menos bien). Y bien, dos semanas después de afrontar el Tonio
de La fille du régiment en la misma sala (de paso fíjense ustedes
qué artistas gasta Bolonia en un mes
), del joven ligeramente patoso
e ingenuo de Donizetti pasó al noble libertino rossiniano con una facilidad
tan pasmosa en lo escénico como en lo vocal. La cavatina de entrada fue
ejemplar. Y ejemplar siguió siendo incluso cuando, decidido a divertirse,
del disfraz de ermitaño pasó al de monja en el segundo acto y
utilizó unos falsetes desternillantes que, sobre todo, lograron dar idea
de la importancia de esta obra en todo lo que iba a seguir en Francia hasta
llegar a la opereta y al teatro de vodevil. La voz estaba en su punto, el fiato
cortaba el idem y la alegría de cantar que transmite este muchacho es
como para lamentar que por una vez el no muy simpático protagonista no
se saliera con la suya. Canta en varias ciudades italianas, en algunas españolas,
en París, Londres, Viena, Nueva York y seguro que me estoy olvidando
de alguna importante. Cantará pronto, porque quiere a su país
y a su gente, dentro de unos quince días, en Lima. Como me parece que
por ahora Buenos Aires -pese a sus claros deseos- no está en la lista
de sus contratos (¿por qué?), al que tenga dinero y tiempo le
sugeriría que se diera una vuelta por las tierras de nuestros amigos
peruanos y de paso se dieran el gusto de escuchar a este fenómeno que
a uno le hace la vida no sólo más grata y alegre sino que le vuelve
a contagiar el entusiasmo por el canto lírico que este gran cantante
expresa en cada nota y en cada movimiento. Me voy a copiar de aquel compatriota
que al final de una memorable Forza en el Colón, para disgusto de Labò
(que tenía un complejo con su altura), le gritó con ese entusiasmo
y ese gusto tan porteño que tanto extraño a veces "mucho,
petiso". Florez es algo más alto que Flaviano, así que, respetuosamente
y porque no ha cantado (aún, quiero creer) en el Colón, me limitaré
a un "mucho, Florez". Y gracias por el belcanto.