ROSSINI PARA EL RECUERDO

Escribe: Jorge Binaghi

La donna del lago. Génova, 18 de enero de 2004. Teatro Carlo Felice.Dirección de orquesta: Alberto Zedda. Intérpretes: A.C. Antonacci, H. Halevy, J.D. Flórez, R.McPhersoni, S. Alberghini y otros. Orquesta y coro (maestro del coro: Giovanni Andreoli) del Teatro. Versión de concierto.


Con un título que hasta hace poco era insólito y lentamente empieza a dejar de serlo, gracias sobre todo a la tarea infatigable de algunos de los intérpretes, la temperatura ambiente se elevó a varios grados por encima del barómetro exterior. Una sala bien nutrida en medio de un lluvioso y frío día de enero, atenta y mucho más receptiva que lo que he venido viendo aquí, dan la medida de que se está oyendo algo fuera de lo común. Por empezar el estreno absoluto en Génova de esta partitura. Por seguir que, en versión de concierto, la obra gana respecto de las puestas en escena (he visto sólo una sobre cuatro; algo elocuente). Por seguir, la inmensa competencia de Alberto Zedda, adalid de la causa rossiniana, capaz de plegarse a la tipología de sus cantantes sin nunca faltar a la verdad "interna" de la obra. Lo digo porque lo he escuchado hace menos de un año con otro reparto y otra orquesta y los resultados eran igualmente convincentes. El coro también colaboró lo suyo (con su maestro sentado en la escena para marcarles las entradas exactas). Pero, claro, sin los cantantes Rossini pierde mucho, o casi todo. Y ahí estaban. En primerísimo lugar, ese jovencito peruano que parece aún un adolescente pese a sus 30 apenas cumplidos y que es un virtuoso, un artista y alguien que está enamorado de lo que hace. El silencio y las ovaciones con pedidos de bis que lo recibieron en cada una de sus intervenciones y que llegaron a la incadescencia con su interpretación de la terrorífica aria "O fiamma soave" merecen un comentario: es cada vez menos frecuente, en Génova no es para nada corriente, y Flórez lo merecía ampliamente. Sé que no es conveniente ni acertado pedir bises en una representación de ópera, pero se podía entender perfectamente a las personas (algunas muy mayores) que lo pedían a voz en cuello. Elena era Anna Caterina Antonacci que demostró que, siendo una artista de teatro, puede vencer también en un concierto. Con armas legítimas: una voz que ha cobrado mayor peso y unidad y estabilidad, aunque siga siendo el registro agudo el más limitado en color y extensión; un porte extraordinario y una musicalidad enorme. También resultó muy festejada en la canción y dúo inicial y sobre todo en el rondó final. Malcolm es para una gran contralto o mezzosoprano: Hadar Halevy tiene buen material y canta bien, aunque es muy prudente, y su emisión demuestra que es mejor que lo sea ya que no tiene todo el registro cubierto y a graves abiertos o engolados suceden agudos exactos pero de color distinto. Se lució sobre todo en el aria de entrada del personaje. Robert McPherson no tiene la calidad de voz ni la ductilidad y exactitud de Flórez, pero a su Rodrigo le bastaba con la excepcional extensión (aunque también forzara alguna vez sin necesidad, quizás por querer estar seguro de llegar a superar la carrera de obstáculos que supone su no muy larga pero terrible parte). Simone Alberghini, en el muy ingrato papel de Douglas, que canta un aria, algunos recitativos y un concertante y luego desaparece, estuvo muy en carácter. Y muy correctos también los comprimarios, Cataldo Caputo y Lilia Gamberini. Un muy buen tanto para la capital de la cultura europea.