Jorge Binaghi
Maria Stuarda. Barcelona, 13 de noviembre de 2003. Gran Teatre del Liceu. Intérpretes: Edita Gruberova, Sonia Ganassi, Juan Diego Flórez, Simón Orfila , Angel Odena y Ana Nebot. Orquesta sinfónica y coro del Liceu.Dirección de orquesta: Friedrich Haider.
La protagonista de Stuarda es, como sus colegas de la "trilogía
Tudor" (que nunca existió como tal en la mente de Donizetti, creo),
tal vez culpable, políticamente indeseable y su muerte necesaria. Pero
en la visión romántica, lo que las redime, en particular a la
más frágil de las tres, es que su error real o supuesto lo inspira
el amor. Y eso da pie a esos momentos de teatro y de ensoñación
perdida que no son sólo de Donizetti (ahí está Bellini)
pero que resultan supremos, únicos en la historia del teatro cantado.
En este caso, aún más, ya que -desde mi punto de vista- el único
personaje totalmente vivo es María. Aunque su rival, la temible Elisabetta,
se le acerque, no la ayudan un aria de salida demasiado "formal",
una desaparición en el último acto algo brusco, y la falta de
un gran dúo (el enfrentamiento aquí se limita al poderoso intercambio
de insultos del gran final de la segunda parte, que tiene una accidentada historia
a partir de los ensayos de Nápoles, donde las intérpretes llegaron
literalmente a las manos por rivalidades más mundanas que el odio entre
dos reinas). Y pocos tenores donizettianos (con los bajos estamos más
acostumbrados) cantan más en una parte ingrata como la de Leicester.
Que aquí fue cantada de modo absolutamente genial, irrepetible, por ese
prodigio que es Juan Diego Flórez, no sólo por sus agudos y su
fraseo (todavía más cerca de Rossini, que sigue siendo lo que
mejor le sienta a sus escasos y triunfales treinta años), sino por una
capacidad para el recitativo que fuerza a la admiración por semejante
capacidad y maestría en tanta juventud. Si Angel Ódena logró
hacerse notar positivamente en el poco agradecido rol de Cecil (el malvado de
turno) y Simón Orfila pareció más un bajo que otras veces
en el piadoso Talbot (excelente su dúo de la prisión con María),
las dos mujeres centraron -con el tenor, y ese es mérito puro de Flórez-
la atención y los aplausos -que hace tiempo no oía, ni en el Liceu
ni en muchos otros- de un público que quiere oir cantar y bien. Aunque
eso signifique una versión de concierto como fue el caso, y nos ahorramos
actualizaciones idiotas y ripios decimonónicos, que es lo que se suele
encontrar en estos casos hoy, sobre todo si se trata de salir del paso con cantantes
poco aptos. No fue el caso aquí. La Gruberova es una favorita del público
liceísta, y uno podrá encontrarle los defectos que quiera cuando
encarna este repertorio (y es cierto que carece de empuje, la voz de espesor
en el centro y en el grave, que el gusto no es siempre el mejor en esos portamentos,
que ahora acude de vez en cuando a graves de pecho que poco la ayudan, y que
su agudo está algo más rígido y menos impecable en la afinación
que otrora
Como es cierto que no ha sido ni la primera, ni la única,
ni la peor en este tipo de "artes", en el empeño por filar
notas agudas que no puede atacar con fuerza, y que, quejumbrosa o no en demasía,
al menos se sabe la letra y la dice de forma inteligible
.Y que a esta
altura de su carrera aún puede medirse con éxito a una parte terriblemente
exigente sin cortes ni demasiadas transposiciones
.Y esto no ocurría
en cambio con algunas de las consideradas grandes animadoras del renacimiento
donizettiano). Obviamente su mejor momento fue el aria de salida "O nube,
che lieve" (no, en cambio, la cabaletta siguiente) y la gran plegaria del
último acto, pero incluso "Ah, se un giorno da queste ritorte"
del final le resulta más congenial que la difícil "Coppia
iniqua" de Bolena, incluso tal vez porque aquí no tuvo además
que actuar. Pero
."culpable por amor" se notó poco. Sonia
Ganassi obtuvo un éxito legítimo, aunque me permito personalmente
encontrarla superior en Rossini o en otros roles que en esta reina que fue más
apasionada que real, y cuyo agudo por extensión y color hacían
pensar más en las contraltinos tipo Isabella o Angelina que en una Seymour
(si se piensa que en una de las grabaciones la interpreta -no importa, o precisamente
por eso, si al final de su carrera- una Eileen Farrell las cosas quedan bastante
claras). Muy bien el coro, dirigido por William Spaulding en las escenas a su
cargo. La orquesta no estuvo mal, pero para estar bien debería haber
estado no digo bien dirigida, sino dirigida al menos. Y Friedrich Haider se
limitó a mover la batuta para seguir a todos en particular a su esposa,
la protagonista. Nunca me ha parecido un gran maestro, menos aún en el
belcanto, pero con respecto a anteriores trabajos aquí mismo, este me
ha parecido sencillamente el peor. Para recordar lo que significa ser un profesional,
un estudioso, un responsable, además de alguien tocado por el genio,
en el intervalo uno podía dar una vuelta en el foyer por la pequeña
pero elocuente exposición en homenaje a los ochenta años de Victoria
de los Angeles con un repaso de su carrera en el Liceo desde su primera actuación
en 1943 hasta la 'Atlántida' que cantó por última vez en
1992.